Tacones rotos
Vestido amarillo y mis nuevos tacones que caminaban hacia la perfección. Salí con la esperanza de tener la noche perfecta, pero nada estuvo más lejos de eso.
Arreglé mi cabello natural. El cuarto era demasiado cálido. Nadie quiso acompañarme ya mí no me gusta esperar.
Creí que con esos tacones todo sería perfecto. Era mi segunda noche en Playa del Carmen. Cuando me los medí sabía que no sería fácil llevarlos, pero decidí ignorarlo. Me los volví a probar dos veces, esperando que algo cambiara.
Y es que creía que no encontraría algo más, que era lo mejor a lo que yo podía aspirar.
Pasé todo el día complaciendo a los demás con esas estúpidas brillantes que casi me hacen vomitar. No iba a permitir que nadie arruinara mi noche… a excepción de mis zapatos altos de plataforma, que me hacían sentir como una auténtica Barbie.
Caminaba por la 10ª avenida como si todo estuviera bajo control, preguntando por lugares para bailar salsa o bachata. La gente me daba recomendaciones y algunos decían que me acompañaban, como si la noche se organizara sola alrededor de eso.
Recibía cumplidos como si estuviera modelando. Me metía en las calles buscando señal porque no tenía internet. Llegué a la playa, y aunque un chico quería que me quedara, tuve que seguir.
Después empezó a llover.
Yo seguía buscando un lugar, pero ya no era lo mismo. No encontraba dónde resguardarme sin sentir que la noche se estaba saliendo de lo que yo quería.
Y entonces los tacones empezaron a romperse.
Ahí ya no podía seguir igual. Ya no podía ir a ningún lado ni seguir caminando como antes.
Me metí al lugar más cercano con buen ambiente. Me sentí, pedí unos tragos… y al final terminé bailando con desconocidos en el escenario.
Y al final me di cuenta de algo: me aferro a cómo imagino que van a salir las cosas, aunque ya estén cambiando enfrente de mí. Esta vez fueron unos tacones… pero no fue la primera.

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